
Los ojos estaban medio rojizos, emborronados y con aspecto cansado, el pelo negro caía de un recogido hecho rápido y mal, los brazos tapaban la barriga haciendo así que no se abriese la chaqueta y tenía el bolso sobre sus piernas. Estaba sentada, sosteniendo entre los dedos un cigarrillo de la marca
Lucky Strike, esa que fumaba su tía hace cosa de doce años, aquellos veranos parecían haber sido ayer. Días enteros en la playa, vuelta a casa sobre las ocho o nueve, tan cansados como si hubiesen ido a trabajar a la mina, eran más de diez personas en casa y la abuela hacía aquellos bocadillos que nadie más sabe hacer. Aquellos veranos tenían color, eran
naranjas y amarillos y olían a crema solar.
Cada verano, más en concreto, cada agosto, los recordaba.
Mientras aquel cigarrillo se consumía entre sus dedos, no hacía más que pensar en cómo aquella piña de familia y amigos había degenerado en lo que hoy eran, una sarta de desconocidos avariciosos y egoístas. Pensar en tal cambio, le hizo pensar que todo, absolutamente todo, puede dar un total cambio en cuestión de meses, semanas, días e incluso horas. Era todo un tormento.
Le hacía pensar que las horas de total felicidad en su vida estaban contadas, aunque acto reflejo de este pensamiento aparecía otro, rebatiéndole el hecho de que la felicidad no se busca. Se reía de si misma con solo observar las tonterías que estaba pensando. La felicidad era algo abstracto para ella, como el amor, así que se decantó por la opción más viable, el intentar no desmenuzar uno por uno cada uno de sus pensamientos sobre ambos temas y dejarse llevar. Sin búsquedas, dejar que corra por sus venas.