Lo cierto es que me habría metido cualquier cosa en vena si eso me fuera a calmar todo aquel lastre de dolores.
Solo ella era la que me hacia aquellos estupendos desayunos, esos en la taza grande de 101 dálmatas que me habían regalado cuando tenía sobre 6 o 7 años, la leche bien cargada de cola cao, un zumo de naranja y unos buenos cereales, o en su defecto galletas.
Pero por más que llenaba el estómago, aquella sensación permanecía dentro de mí, burbujeante, a punto de explotar.
Tengo absolutamente todos los sentidos a flor de piel, si una hormiga se hubiese colado en la habitación de al lado, me habría dado cuenta de sus pequeños pasitos acelerados.
Era la primera vez que me pasaba, a mi, la chica sana que siempre mantuvo su buena salud latente, esa que hacía deporte y comiese lo que comiese no iba a engordar porque no sabía lo que era estar tranquila.
Hoy día, lo único que mantengo es el no saber estar tranquila. No quiero decir con eso que no sea sana, tengo mis momentos de pasarme, como todos, pero no por eso estoy metida en una vida de perdición de sexo, drogas y rock 'n' roll, aunque a veces sea lo más tentador que se me pueda poner delante.
En definitiva, no se como decir que cuando crees que nada puede empeorar, lo hace. Tengo la suerte de cara, eh?
viernes, 24 de julio de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario